Hablar de Tlaxcala es hablar de una de las raíces más profundas de la historia de México. Su nombre, que proviene del náhuatl Tlaxcallān (“lugar de pan o tortillas”), evoca tanto su riqueza cultural como su papel fundamental en los grandes procesos históricos del país. Desde los señoríos prehispánicos hasta la independencia, Tlaxcala ha sido escenario de resistencia, estrategia y orgullo.
I. Tlaxcala antes de la conquista: una confederación poderosa
Mucho antes de la llegada de los españoles, Tlaxcala ya era un territorio organizado y próspero. Estaba conformado por cuatro señoríos principales: Tepeticpac, Ocotelulco, Tizatlán y Quiahuiztlán, que funcionaban bajo una especie de confederación política. Cada señorío tenía su propio líder, pero tomaban decisiones conjuntas en temas de defensa y comercio.
Esta unión les permitió mantener su independencia frente al imperio mexica, que los rodeaba y bloqueaba rutas comerciales. Sin embargo, este aislamiento también fortaleció su identidad. Tlaxcala se convirtió en símbolo de resistencia y en guardiana de su autonomía política y cultural.
En la vida cotidiana tlaxcalteca predominaban la agricultura del maíz, los templos dedicados a Camaxtli (dios de la caza y la guerra) y una estructura social donde la educación y el honor guerrero eran esenciales. Las ruinas arqueológicas de Cacaxtla y Xochitécatl aún testimonian su esplendor artístico y militar.
II. El encuentro con Cortés: entre la espada y la estrategia
Cuando Hernán Cortés llegó a las tierras tlaxcaltecas en 1519, se encontró con una nación guerrera que no dudó en enfrentarlo. Tras intensas batallas, los líderes tlaxcaltecas comprendieron que una alianza con los españoles podía significar la caída del imperio mexica, su enemigo ancestral.
Figuras como Xicohténcatl el Viejo y Maxixcatzin fueron determinantes para negociar la alianza, mientras Xicohténcatl el Joven mantuvo una postura más crítica y de resistencia.
El acuerdo cambió el rumbo de la historia: Tlaxcala aportó tropas, guías y suministros decisivos para la conquista de Tenochtitlán.
Aunque esta alianza ha sido motivo de controversia —a menudo interpretada como “traición”— hoy los historiadores la comprenden como una decisión política estratégica para asegurar la supervivencia de su pueblo ante dos imperios poderosos.
III. Tlaxcala virreinal: privilegio, religión y expansión
Como recompensa por su alianza, Tlaxcala recibió privilegios únicos durante el periodo virreinal: fue reconocida como una “República de Indios” libre de encomiendas, con derecho a conservar su autogobierno y sus tierras. La ciudad de Tlaxcala fue fundada oficialmente en 1525, convirtiéndose en uno de los primeros centros coloniales de la Nueva España.
Los frailes franciscanos establecieron conventos e iglesias monumentales, como el Ex Convento de San Francisco, hoy Patrimonio de la Humanidad. Desde Tlaxcala también partieron expediciones para poblar el norte del país, con tlaxcaltecas que fundaron pueblos en Coahuila, Zacatecas y Nuevo León, llevando su cultura y lengua más allá de su tierra natal.
No obstante, el dominio español transformó su estructura social: la nobleza indígena perdió poder progresivamente y las tradiciones se mezclaron con el cristianismo, dando origen a una rica fusión cultural que aún se refleja en las fiestas, danzas y gastronomía tlaxcaltecas.
IV. De la colonia a la independencia: el despertar de una nueva nación
Durante el siglo XVIII, Tlaxcala fue un territorio pacífico pero empobrecido. Las reformas borbónicas y las desigualdades entre criollos, mestizos e indígenas sembraron el descontento.
Cuando estalló la Guerra de Independencia en 1810, muchos tlaxcaltecas se unieron a las filas insurgentes o apoyaron discretamente el movimiento.
Tras la independencia, en 1824, Tlaxcala fue incorporada al Estado de Puebla; sin embargo, su población luchó por recuperar su autonomía. Finalmente, en 1857, el Congreso Constituyente reconoció a Tlaxcala como estado libre y soberano, consolidando así su lugar en el México moderno.
V. El legado de Tlaxcala: historia viva de México
Hoy, Tlaxcala es símbolo de identidad y memoria histórica. Su papel en la Conquista y la Independencia sigue siendo motivo de reflexión: lejos de la idea de “traición”, representa una lección de diplomacia, adaptación y supervivencia cultural.
Monumentos como el Museo de Sitio de Tizatlán, la Basílica de Ocotlán y el Palacio de Gobierno con sus murales históricos invitan a redescubrir el pasado con orgullo.
Tlaxcala, pequeña en territorio pero gigante en legado, nos recuerda que la historia de México se escribió con alianzas, luchas y sueños compartidos.
De los señoríos independientes a la república colonial, y de ahí al estado libre que hoy conocemos, Tlaxcala ha sido protagonista de los grandes momentos de México. Su historia es testimonio de resiliencia, sabiduría política y orgullo cultural, una herencia que sigue viva en cada templo, cada mural y cada historia contada por su gente.

